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Cuando estas de viaje, lo último que te apetece es que se te tuerza éste. Pero como todo en la vida, hay experiencias que no están contratadas inicialmente y que surgen cuando menos te lo esperas.

Este es el caso de nuestro viaje familiar a Myanmar. Un viaje lleno de emociones, vivencias, alegrías, estrés, dolor y shock. Cuando me preguntaban alegremente «Qué tal lo habéis pasado en Myanmar?» mi cerebro cortocircuitaba, ya que la respuesta tenía muchos matices.

Estas navidades eran especiales: mi padre cumplía 60 años y mi hermana, Sara, acababa de depositar su tesis doctoral. Como la ocasión lo requería, decidimos que las vacaciones de Año Nuevo las pasaríamos en algún lugar exótico, haciendo lo que mejor se nos da hacer como familia: viajar. Así que tras mirar algunas ofertas, nos decantamos por un viaje de 12 días a Myanmar.

Myanmar nos ha encantado como destino. Vimos sus cuatro ciudades principales: Yangon, Bagan, Mandalay y Lago Inle. Cada día que pasaba íbamos disfrutando más con todos los lugares que visitamos y las sonrisas que nos ofrecían los birmanos.

El problema llegó al final del viaje.

Recuerdo entre sueños unos gritos de dolor y la voz angustiada de Sara diciendo «Silvia, me duele mucho la tripa, llama a papá». Me desperté entre sueños y la vi retorcida en la cama. Aunque tenía muy mala cara y mi hermana no es de las que se quejan fácilmente, le dije que fuera al baño. Volvió del baño dando tumbos, mareadísima, así que la tumbe en la cama y llamé a mi padre, que por cierto, es médico. Mis padres aparecieron por la puerta y achacamos todo a un corte de digestión. Nos fuimos a dormir, esperando a que al día siguiente se encontrara mejor.

Desafortunadamente, tenía unos pinchazos en los hombros, que desconcertaban la teoría de mi padre de que fuera un corte de digestión. Ya que el día iba a tratarse de estar en el hotel encerrados, decidimos ir al médico y así descartábamos cualquier otro diagnóstico. Total estar de brazos cruzados tampoco servía de nada.

Después de la llamada al seguro, esperar a que nos volvieran a llamar, que nos dieran la dirección correcta, que corroboraran la dirección porque el taxista no encontraba la dirección, y muchos otros problemas que iban surgiendo en el camino como pequeñas piedras que te hacen tropezar pero no caerte, llegamos a una consulta de un hospital en Yangon. Nos atendieron muy amablemente, tratando de averiguar lo que le pasaba. El diagnóstico final era quizás una bacteria en la comida, que lo deberíamos tratar en España. Mi padre, para quedarse tranquilo, preguntó si podíamos hacerle una ecografía o una radiografía. Le dijeron que había máquina de ecografía, pero no había radiólogo, así que tendríamos que cambiar de hospital. Lo que no sabían es que mi padre era radiólogo. Así que ni corto ni perezoso, les propusimos si podía mi padre hacer la eco.

Y así fue como mi padre, fatídicamente, descubrió que mi hermana tenía una masa tumoral gigante. Por supuesto no era lo que mi padre iba buscando, así que el shock fue brutal. Entre nerviosismo trató de explicarme que teníamos que ir a un hospital para hacer una radiografía y así el podía confirmar lo que había visto. Tranquilizador no era, porque a nadie le gusta diagnosticar a su propia hija un tumor, y mucho menos en Myanmar.

Otra vez tuvimos que hacer un viaje interminable hasta un hospital a las afueras. Y allí, efectivamente, confirmamos que lo que mi hermana tenía era un tumor. No os voy a engañar. Estaba asustadísima. Por la cabeza se me pasó de todo, incluso que las cosas se torcieran, salieran mal y que mi hermana muriera. Es ponerse muy trágica ahora con la perspectiva, pero la incertidumbre, unida a la cantidad de tiempo que teníamos por delante hasta que estuviera en el hospital en España, hace que cualquier cosa sea posible en tu cabeza. Obviamente esos pensamientos los apartábamos rápidamente de un manotazo ficticio en el cerebro, pero ahí estaban en el fondo de la mente en forma de posibilidad.

Las horas que nos quedaban en el país las pasamos haciéndonos los fuertes delante de mi hermana, porque vernos preocupados no ayudaba. Aunque ella se daba cuenta a la perfección de nuestro grado de preocupación, se hacía la fuerte, porque mi hermana es débil en muchos aspectos de su vida, pero en esto demostró ser muy valiente e incluso era ella la que nos «tranquilizaba» a nosotros. Ya en España la historia cambió de perspectiva cuando supimos que el tumor era operable y que resultó ser benigno.

De toda esta experiencia agridulce he sacado dos grandes conclusiones:
– Aunque parezca una obviedad, la necesidad de viajar siempre con un seguro de viaje. Puedes recortar el presupuesto en lo que quieras, pero no en esto.
– La bondad y la amabilidad de la gente es infinita y siempre hay mucha más gente en el mundo dispuesta a ayudarte.

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