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Desde hace ya más de cuatro años tomé la decisión de mudarme a Berlin. En 2012, muchos titulares de periódicos incitaban a los jóvenes españoles a que se buscaran la vida por Alemania, tierra prometida del trabajo cualificado y remunerado. Pero yo ya mucho antes sabía que podía acabar en Alemania. No es que lo tuviera premeditado, pero el empeño que mi madre puso para que mi hermana y yo aprendiéramos alemán, me hizo decantarme por ese país, más que por cualquier otro.

Desde entonces han pasado ya cuatro años. Creo que son más que suficientes para poder decir que conozco la ciudad bastante bien. Y es que cuatro años dan para mucho.

Dan para haber cambiado tres veces de empresa. Para trabajar con el diccionario abierto cada vez que quieres mandar un email. Para tener que hacerte valer en el trabajo y dar ordenes que suenen convincentes, a pesar de que en mas de una ocasión, uses la preposición incorrecta. Porque nadie nos advirtió que para trabajar en un idioma que no es el materno, hace falta una concentración extra.

Dan para haberme mudado cuatro veces de casa. Para haber mandado cientos de emails sin filtro buscando piso, esperando una simple respuesta positiva. Para haber firmado contratos de „zwischenmiete“, „untermiete“, hasta llegar a ser „Hauptmieterin“. Y, como no, comprar muebles por Kleinanzeige para ahorrarse unos euros y transportarlos haciendo malabares por el U-Bahn. Y para haber participado en otras muchas mudanzas de los amigos.

Dan para aborrecer los Kebabs que inundan la ciudad, y sólo permitirte el lujo de comerlos en aquellos que han pasado tu propio test de calidad. Dan para haber probado comida de todas las nacionalidades. Para darte cuenta de que, donde mejor comerás, será siempre en tu ciudad natal. Y quejarte que en el extranjero no hay bares españoles como los de España. Que si hay que pagar 5 euros por una croqueta, se paga. Pero no sabe igual.

Dan para seguir sintiendo miedo cuando recibes una carta en el buzón, temiendo alguna multa inesperada. Porque sabes lo que cuesta enfrentarte a la burocracia alemana. Has tenido que aguantar a funcionaras bordes y secas , y has llorado de la emoción cuando te ha atendido alguien amable y con paciencia.

Dan para odiar la eterna nube que cubre el cielo de Berlin. Sabes lo triste que es que se haga de noche a las 15.00 y lo que molesta que el sol entre por tu ventana las 04.30. Dan para saber que, si sale el sol inesperadamente, tendrás que irte a un parque corriendo y tomar el sol, aunque sea en ropa interior.

No se cuánto tiempo más me quedaré en Berlin. Es una de las respuestas que un expatriado pocas veces podrá responder cuándo le preguntan si se va a quedar aquí a vivir para siempre. Y es que no lo sabes, porque hay días en los que quieres hacer la maleta y desaparecer, y otras veces, no se te ocurre otra ciudad donde puedas vivir. Lo que sí que se es que, el tiempo que me quede en Berlin, seguro que seguiré aprendiendo nuevas cosas y, por supuesto, quejándome de muchas otras.

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